¿Para qué sirve una canción?

Estamos en la era del MEME. Según el creador del término, Richard Dawkins “es la unidad teórica de información cultural, transmisible de un individuo a otro”. Las generaciones de esta era, traducen su universo imaginario a través de estos comprimidos de múltiples referencias y usan las redes sociales para comunicarse y transferir infinidad de estas píldoras de información cultural. Se conoce que este fenómeno tiene tanta pegada hoy en día por su simplicidad, su inmediatez y su capacidad de reunir diversas referencias culturales, con pocas imágenes y palabras que operan como una forma de simbología eficaz y viral. Los medios de comunicación del siglo XXI reúnen las condiciones propicias para este tipo de interacción cultural: versatilidad, facilidad de creación de contenido audiovisual, viralidad, universalidad, inmediatez. Esto ha configurado una generación de creadores de contenido, storytellers, humoristas, pensadores que bombardean constantemente a la opinión pública con una forma de expresión que nunca se detiene, en la que todos participan activamente y que produce contenido cada segundo. En este contexto, las bellas artes se han tenido que reconfigurar. Las formas tradicionales de expresión artística no pueden aguantar este ritmo vertiginoso de creación de contenido sin cambiar profundamente sus bases, sus técnicas y sus principios estéticos. Dicho esto, entremos a responder la pregunta del título de este artículo: en el siglo XXI, ¿para qué sirve una canción?

Hago alusión al MEME, porque me sirve como referencia para entender al público contemporáneo que escucha música. Reflexionar sobre este recurso de interacción cultural y sus características nos permite escanear la forma de pensar de quienes han hecho posible este fenómeno. El espectador del siglo XXI ya no es una audiencia, y no está expectante, por el contrario interactúa, participa, es un cocreador, toma la obra y la modifica. Este público es más bien una comunidad, es bastante menos tolerante que en otros tiempos, se siente a la altura del artista, no se conforma porque tiene demasiadas opciones y con un gesto puede dar paso a lo siguiente. Esta necesidad de inmediatez ha hecho que lo que antes se decía en horas o minutos, tenga que condensarse en segundos. En estos tiempos cualquier manifestación cultural para tener éxito debe imitar al meme, de lo contrario será percibida como un lujo, una extravagancia, una rareza que se le adjudica a los intelectuales o como he escuchado muchas veces en palabras de esta generación, a “gente intensa”.

¿Cómo es posible que en estas condiciones una manifestación cultural como la canción pueda prevalecer? Lo cierto es que lo hace. En ninguna otra época se publicaron tantas canciones como hoy en día. Sólo hace falta dar una mirada a cómo está conformada la industria de la distribución de fonogramas en estos tiempos y comparar los números de producción con respecto a apenas dos décadas atrás. Las redes sociales y las plataformas de distribución musical han democratizado la industria de la música a un punto en el que cualquier persona puede publicar con muchísima facilidad. Además el público puede acceder inmediatamente a la obra y prácticamente sin costo alguno. La canción no ha dejado de ser parte de la vida de la gente y me atrevería a decir que esta generación escucha más canciones que sus padres y sus abuelos, ya que tienen un acceso inmediato y constante a dispositivos para reproducir música proveniente de cualquier parte del mundo.

Todo el mundo cree que sabe lo que es una canción, ya que es la manifestación musical con más difusión históricamente. Hablamos de un tipo de composición musical para ser cantada, debe tener melodía y letra, y aunque puede estar orquestada casi de cualquier forma, siempre debe haber al menos un cantante. Así es, expresiones instrumentales no entran en este concepto. La palabra canción viene del latín cantio, cantionis, formado del verbo canere (cantar) y el sufijo -tio (-ción = accion y efecto). De canere viene también nuestra palabra canto. El frecuentativo de canere es cantare y de ahí cantar y encantar. El verbo canere viene de la raíz indoeuropea Kan que también dió origen a chantaje, engatusar, incentivo y vaticinar. La voz humana en este tipo de música es protagonista, quizá esta es la razón por la cual la canción nos ha acompañado por siglos. Ahora bien, el asunto de este artículo es: ¿para qué la usan? Parece una pregunta con respuesta obvia, pero no lo es. La canción no siempre tuvo el mismo rol en la sociedad.

Como compositor de canciones he pasado mi vida escuchando comentarios y percibiendo la respuesta del público a mis canciones y las de otros. El público de hoy parece manifestar que las canciones sirven para acompañarlos en distintos aspectos de sus vidas. Las usan para hacer ejercicios, para bailar, para relajarse y en ocasiones para ilustrar sus memes. Lo que siempre ha sido una curiosidad para mi es que la función literaria de la canción ha perdido mucha importancia, se ha simplificado y en algunos casos no es ni siquiera tomada en cuenta. En mi opinión, la letra de una canción es prácticamente su razón de ser, por eso me quedo perplejo cuando alguien me dice que le encanta una canción, pero nunca le ha puesto atención a lo que dice la letra, y eso pasa muy a menudo hoy en día.

Da mucha perspectiva entender la función social que ha podido tener en otras épocas la canción. Su origen podemos conseguirlo si nos remontamos a las creaciones de los trovadores de la edad media, entre los siglos XI y XV, quienes se dedicaban a realizar composiciones poéticas con rigor literario y provistas de los más altos estándares de educación y cultura de la época. A diferencia de los juglares, los trovadores pertenecían a la nobleza, y eran formados en gramática, lógica y retórica, así como aritmética, geometría, música y astronomía. Su formación en ocasiones les permitía ser consejeros de los más altos nobles y eran vistos con mucho respeto en la sociedad. Sus obras permitían transmitir información fundamental para la humanidad de generación en generación, así como entre regiones. En un mundo sin medios de comunicación masiva, el arte de la poesía y la música era fundamental para que el conocimiento prevaleciera. La poética y las estructuras rítmicas permitían que la gente recordara con facilidad los textos y se pudiera lograr efectivamente la transmisión de la información y el conocimiento por tradición oral.

La canción moderna tiene como antecedente el Lied. Este tipo de composición surgió en la época clásica (1760–1820), floreció durante el Romanticismo y evolucionó durante el siglo XX. Compositores como Beethoven, Schubert, Schumann y Wolf han compuesto lieder basados en poemas de Goethe, Schiller, Brentano, Arnim, Rückert y Heine, entre otros. Esta forma de composición alcanzó un alto grado de desarrollo con el compositor austriaco Franz Schubert, aunque tuvo sus antecedentes en Haydn, Mozart y Beethoven. Por su contexto artístico y sus representantes más importantes se trató de un tipo de composición que exaltaba la poética y la música, llevando estas expresiones a un nivel excelso. Esta forma artística de tan altas aspiraciones estéticas es referencial para la canción que conocimos durante el siglo XX.

No hay que viajar tan lejos en el tiempo para encontrar épocas en las que la canción tuvo funciones mucho más profundas en la sociedad que el puro entretenimiento. Al principio de la segunda mitad del siglo XX, comienza una época de cambios ideológicos mundiales que marcaron nuevos ejes y directrices en la conciencia social y colectiva de los jóvenes. En esos tiempos en América y Europa aparecieron distintos movimientos musicales de diversas índoles con la canción como protagonista. En todos los casos esta manifestación artística sirvió para generar conciencia social, para la reflexión, como medio de protesta, como símbolo representativo de determinadas ideologías y posturas filosóficas, como instrumento político y como vehículo para transmitir y dibujar efectivamente el mundo emocional del autor. En esos tiempos el público le otorgaba un gran valor a la poética y demás talentos de los cantautores. Manuel Vázquez Montalbán, se refiere a los cantautores como “un milagro que resulta de cualidades de tan rara coincidencia como el talento poético, el musical, la voz y la cualidad de «animal escénico»”. Con pocas excepciones, es difícil adjudicar este tipo de adjetivos a los creadores de contenido de hoy en día, sobre todo si la comparativa es con referencias  como Silvio Rodriguez, Violeta Parra, Joan Manuel Serrat o Alí Primera.

Una canción es un poderoso cóctel poético y musical, un vehículo que permite con cierto grado de inmediatez y con mucha eficacia transmitir los más profundos contextos intelectuales y emocionales del pensamiento humano. Siglos de depuración del lenguaje literario y las inconmensurables herramientas comunicacionales que provee la música hacen de esta expresión artística una herramienta sin igual para la interconexión humana con funciones que a mi juicio todavía nos falta por explorar. Por eso me sorprende la postura utilitaria del escucha contemporáneo, su deficiente capacidad de atención producida por un contexto que lo invita a pensar poco y a necesitar cada vez más contenido sin demasiado fondo.

¿Para qué sirve una canción? Pues para cosas que todavía no hemos terminado de entender. El hecho es que al infrautilizarla como se hace hoy en día, nos perdemos de la mayoría de sus invaluables cualidades y potencialidades.

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